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jueves, 6 de febrero de 2014

LA MIEDOTECA

Miedoteca es un blog dedicado al suspense, terror, fantasía y ciencia-ficción en el que encontrarás estupendos podcasts en línea con programas sobre dichos géneros y dramatizaciones radiofónicas de relatos clásicos y modernos.
http://www.miedoteca.com/
Este es el enlace a un blog donde puedes escuchar cuentos de miedo, radioteatros y otros elementos que te pueden resultar interesantes si eres aficionado a las historias de intriga y terror.

lunes, 20 de enero de 2014

DE LOS APENINOS A LOS ANDES



Desde hoy está disponible en la biblioteca la colección de dibujos animados "Marco", donada por la editorial Planeta (gracias, Planeta). Está formada por 13 DVD y en cada uno de ellos hay cuatro episodios. Si queréis verlos podéis sacarlos en préstamo, igual que los libros.
Cuenta las aventuras de un niño italiano que parte hacia la Argentina en busca de su madre. Son historias inspiradas en el cuento "De los Apeninos a los Andes", incluído en el famoso libro "Corazón", escrito por Edmundo d'Amicis en 1886.

jueves, 13 de diciembre de 2012

LA SEGUNDA LECTURA



¿Cuántas canciones hemos escuchado más de una vez?
¿Cuántas películas hemos visto más de una vez?
¿Cuántos libros hemos leído más de una vez?

Las respuestas suelen ser decrecientes: muchísimas - muchas / bastantes - algunas / pocos-ninguno.

No sé de donde ha surgido, como una seta venenosa, el convencimiento de que no hay que leer lo que ya se ha leído.
Ese convencimiento se convierte en uno de los obstáculos más grandes para disfrutar de la lectura.
Por supuesto, si algún libro no te ha gustado, ni te ha servido, ni te ha enseñado nada, lo lógico y aconsejable es que no lo vuelvas a leer y maldigas el tiempo que te robó.
Para esas lecturas-basuras (cada cual reconoce las suyas) no haya más que papelera y olvido.
Pero a las otras, a los cuentos bien contados, a las historias interesantes, a las informaciones que te apasionan, a las palabras que te pintan por dentro una canción, a las crónicas que te llevan como a caballo por épocas remotas, a esos personajes con los que jugarías si los encontraras en cualquier sitio, a... en fin, tú sabrás, si ya has tenido la suerte de encontrar algo de esto, dales la oportunidad de UNA SEGUNDA LECTURA.

Que es de la que vas a aprender en realidad; libre ya de saber cómo termina, puedes seguir las palabras sin agobios ni zozobras.
Desterrada la sorpresa, esa embaucadora enferma de protagonismo, nos quedamos a solas con el libro.
Entonces se deja mirar cómo esta hecho, recorrer frase a frase, de paseo, sin prisas, dialogando contigo, ahora de verdad y no al galope.
¿O no te acuerdas que apenas terminaste la primera lectura la empezaste a olvidar buscando cosas nuevas?
Nenico/a, que poco te duran los amigos. No seas necio. Que los buenos amigos pueden ser para siempre. Tienen mucho que dar y no se ve a primera vista.

miércoles, 29 de febrero de 2012

CUMPLEAÑOS EN EL MAR


por Alexis Díaz Pimienta
http://www.alexisdiazpimienta.es.tl/REPENTISMO.htm
Era mi noveno cumpleaños, y mis padres no se conformaron con organizarme la fiesta de siempre, con algunos amigos del colegio y tres o cuatro primos. No. Mamá cada año decía lo mismo: que ella también cumplía años de haberme parido. Y era cierto. Nueve años atrás, de noche, dice mi madre que yo asomé la cabecita y dije: "Hola, ya estoy aquí”, tan guapo como ahora. Yo me río. Pero mi madre insiste:
–En serio, eras guapísimo, y educadísimo desde el primer minuto –y ríe ella.
Luego mi padre remata lo que ambos creen un buen chiste (en todos mis cumples el mismo):
–Y al verme a mí, dijiste: “¡¿Y tú eres mi padre? ¡Pero qué feo eres! ¡Espero que por lo menos seas poeta!”
Porque mi padre, el poeta, se llenó de valor y entró al parto (primero en su familia), y este chiste le daba pie para lucirse ante el resto. Pero ahí no acaba; el chiste acaba con otra frasesita de mi padre, que provoca tontas risas adultas, y se repite, también, año tras año:
–Y así fue como un tipo tan prosaico como yo, terminó haciendo versos –y se parte de risa.
Todos los años el mismo chiste, las mismas risas, la misma cara de satisfacción en mi padre y de sorpresa y alegría en los invitados, sobre todo en los nuevos, pero también en aquellos que, como yo, ya han escuchado el cuento 9 veces.
Menos mal que nací en julio y vivo en un pueblo con mar, a pocos metros de la playa, donde mi padre es gerente de un hotel cercano a la orilla. Digo menos mal, porque la parte más hermosa de mis cumpleaños es siempre el cumpleaños de madre, es decir, su parte de la fiesta. Me explico. Mientras a mí me organizan meriendas que nadie se come, y me regalan decenas de juguetes que luego se aburren mirándome de lejos, a mamá le organizan (o se organiza ella) una barbacoa nocturna detrás del hotel: la arena y el agua y la brisa marina mezclados con las brasas, las sardinas, las carnes, los chorizos, la música...
Y menos mal, también, que soy un niño. Me explico. Los mayores se reúnen, beben, comen, hablan, ríen, pero siempre entre ellos, siempre los mismos. Los niños no. Los niños hacemos todo eso, pero además jugamos con la arena, con el mar, con las conchas, y entre tanto jaleo no hay año que no conozcamos a nuevos amigos. Otros niños, claro. Este año fue especialmente bueno, mágico. Digo mágico, porque mientras mi gente adulta estaba entre sus chistes y charlas de siempre, mi prima, el hijo de un amigo de mi padre y yo, nos dedicamos a coleccionar amigos nuevos en la playa. Estábamos juntando caracoles en medio de la oscuridad, cuando de pronto ya no éramos tres, sino cinco. Y luego siete. Y luego diez. Y nos reíamos y conversábamos como si fuéramos amigos de toda la vida. Juntábamos las manos, las conchas, las risas, los nombres, y cavávamos con las manos y cubos de plástico un túnel enorme. Y el que tiraba las piedras más pequeñas se llamaba Malawi y era saharaui. Y la que abría canales que salían del túnel principal se llamaba Luana y era uruguaya. Y la de risa hueca (sin dientes) se llamaba Yoisé y era de Ecuador. Y el niño que decía que su caracol estaba vivo, era de Venezuela y se llamaba Carlos. Y yo, Alejandro, mitad cubano, mitad andaluz, y mi prima Candela, y la niña que hablaba con voz de pito se llamaba Fátima y era de Marraquesh. Y uno que dijo “vengo ahora” y desapareció como por arte de magia, sin moverse, se llamaba Padú y era de Senegal. Y otro se llamaba Chuan, no Juan, si no Chuan, y era de China, por eso se llamaba Chuan, decía Candela, en China todos los nombres comienzan por “Che”, decía Candela, y nos reíamos. De pronto, Padú apareció otra vez, como mismo había desaparecido, vimos sus dientes blanquísimos y lo oímos decir “ya llegué”.
–¿De donde vienes? –pregunté yo.
–De Senegal –respondió él, y se rió, de espaldas al mar, con los dientes tan blancos que parecía que había tragado espuma.
–Hoy es mi cumpleaños –dije yo, y todos comenzaron a regalarme empujoncitos, achuchones llenos de arena, conchas, risas.
Luana me dejó hacer el canal más grande de la noche. Carlos y Chuan intercambiaban piedras en la oscuridad y me regalaron una piedra mágica.
–¿Por qué es mágica? –pregunté.
–Chuan dice que en China todas las piedras son mágicas –dijo Carlos.
–¿Cuántos cumples? –preguntó Yoisé.
–Nueve –dije, sin mirarla.
–Yo tengo ocho –dijo Malawi.
–Y mi padre es poeta –dije yo, no sé por qué, como si fuera algo importante.
De pronto, escuché que los mayores nos llamaban, a mí, a Candela y a Juanjo, el hijo del amigo de mi padre.
Cabizbajo, llegué a donde estaban mis padres.
–Vámonos ya –dijo mi madre, acariciándome; pero no me lo dijo a mí, sino al poeta.
–Sí, vámomos al hotel –respondió mi padre–, porque el niño se aburre de tanto jugar solo.
Y nos despedimos de los demás adultos, tan felices, tan olorosos a humo y a bebidas de personas mayores.
–Adiós –dije yo, en voz alta, y todos pensaron que me despedía de ellos, pero se equivocaban. Desde la orilla, Yoisé, Malawi, Carlos, Chuan, Luana, Fátima y Padú, hasta Juanjo, el hijo del amigo de mi padre, hasta mi prima Candela, tan risueña siempre, me decían adiós y me coreaban el Happy birth day, cada uno en su idioma, mientras lanzaban al aire caracolas y conchas de todos los colores, como si fueran globos.

jueves, 26 de enero de 2012

EL GATO NEGRO, DE EDGAR ALLAN POE


 
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros
una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba,
digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!
Edgar Allan Poe: escritor estadounidense, 1809-1849, cuentista de fama internacional.
Argenpress cultural – http://cultural.argenpress.info/

martes, 20 de diciembre de 2011

LIBROS INFANTILES RECOMENDADOS


"Los versos del libro tonto", de Beatriz Giménez de Ory
Il. Paloma Valdivia | Ed. Faktoria K de Libros, 2011 | 48 p. | ISBN: 9788415250036 | Edad: +7
Por Big Booky Monster
...Soy libre, digo… Libra, digo… ¡libro!
Soy un libro, sí, sí.
Pero llevo cerrado tanto tiempo…
que así me he vuelto tanto,
me he vuelto tinta,
me he vuelto… ¡tonto!
Tres partes dedicadas a “los versos que huyeron” por aire, por mar y por tierra. Los primeros se los tragó un gallo-veleta; los segundos los encontró la sirena Flora; y los últimos los recogió un escarabajo pelotero. un libro que regalas horas de imaginación y juego con palabras. Lo disfrutarán niños y padres durante mucho tiempo.

caminoningunaparte"El camino que no iba a ninguna parte" de Gianni Rodari
Il. Xavier Salomó | Ed. SM, 2007 | 32 p. | ISBN: 9788467521696 | Edad: +4
Por Big Booky Monster
El camino que no iba a ninguna parte es un cuento de uno de los más importantes escritores de la literatura infantil, Gianni Rodari. El pequeño Martín sabe que en su pueblo, a la salida, hay tres caminos. Uno lleva a la ciudad, el otro al mar y el otro, por más que él pregunte, todos le dicen que no lleva a ninguna parte. ¿Hay algo más tonto que un camino que no conduzca a ningún sitio? Un buen día, cuando ya es un poco más mayor y no necesita que nadie lo lleve de la mano, Martín, que no ha olvidado la historia, decide internarse por ese camino. Un paso sigue a otro y otro...
Las ilustraciones de Xavier Salomó son tan ricas como el texto y permiten descubrirlo desde las sensaciones que nos producen complementando el texto . Así llegamos a comprender a Martín, sus dudas, sus inseguridades y cómo, a medida que aprende a andar por ese camino los descubrimientos se van ampliando, los errores se disfrutan más y las alegrías se redoblan. un libro cargado de poesía, honestidad y gran literatura. Una delicada muestra se nos ofrece en el vídeo.

noche-estrellada"La noche estrellada" de Jimmy Liao
Ed. Barbara Fiore, 2010 | 128 p. | ISBN: 9788493750626 | Edad: +6
Por Judit Rodríguez
Casi siempre llega un momento en nuestras vidas en que nos sentimos raros, diferentes a los demás. El cuándo varía según la verdad, es cierto, pero las posibilidades de que sea durante la infancia son muchas. Pues bien, este libro es para aquellos niños y niñas que, como los protagonistas, se ven así: diferentes, distantes, incluso rechazados y solos.
La noche estrellada es un precioso álbum ilustrado que nos cuenta cómo dos niños algo especiales se encuentran mutuamente y logran superar su malestar compartiendo sus sueños y fantasías. Todo ello bañado de grandes dosis de imaginación y magia narrativa. Ésta es sin duda una joya de 128 páginas que, además de atraernos ya sólo por sus ilustraciones, nos demuestra que la rareza, más que algo negativo o perjudicial es una virtud, y que en lugar de ocultarla hay que aprovecharla y saber disfrutar de ella. No lo duden: gustará.

portada_cocina_2
"Cocina rápida para tortugas 2" de Pepe Serrano
Il. Mar Villar | Ed. Nalvay, 2011 | 104 p. | ISBN: 9788493751890 | Edad: +8
Por Susana Hernández
Andaba yo mirando novedades para regalar a los sobrinos estas navidades y descubro que Pepe Serrano nos ofrece un nuevo y suculento menú, Cocina rápida para tortugas 2. Los que leyeron el primero ya saben qué encontrarán: Teatro, poesía y relatos cortos amenizados con las divertidas ilustraciones de Mar Villar. Platos literarios cocinados a fuego lento con el punto justo de sal en los primeros y segundos, y abundante azúcar y chocolate en los postres. ¡Madre mía cómo me gusta!
Un añito entre fogones para tener a punto este menú para los más pequeños, pero no por ello menos exigentes, gourmets literarios. La pequeña Editorial Nalvay apuesta sobre seguro con esta cocina familiar apta para ser compartida por todos los paladares. Un libro que no debe faltar en la biblioteca básica de un joven lector al que queramos iniciar en todo tipo de lecturas.


lunes, 5 de diciembre de 2011

¡PIDE UN LIBRO!

Si no sabes qué pedirles a los Reyes Magos, pídeles un libro. A ellos les gusta mucho regalar libros, que pesan poco y les caben muchos en las alforjas de los camellos.
En los enlaces de la derecha tienes páginas que te indicarán los más adecuados para tu edad. Como esta http://www.solohijos.com/newsletter/news.php?num=107_1
o esta
http://sol-e.com/
Desde la biblioteca te puedo decir que los que más éxito tienen en el cole son los de Gerónimo Stilton, Tintín, Junie B. Jones, la tribu de Camelot y Manolito Gafotas.
Pero de esos tienes aquí en el cole, disponibles para que puedas retirarlos prestados, y otros muchos en las aulas. Así que te vuelvo a recomendar el enlace, o que te des una vuelta por las librerías.

viernes, 9 de septiembre de 2011

LA SOSPECHA (Anónimo de China)

Un hombre perdió su hacha y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho: exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven: como la de un ladrón. Observó también su forma de hablar: igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable del hurto.
Pero más tarde encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un ladrón.
FIN

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La salvación


[Cuento. Texto completo]
Adolfo Bioy Casares
Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo" -sin duda estaba pensando el tirano- "es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?" Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. "Por humildes que sean" -dijo indicando al pájaro- "hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros".
FIN

jueves, 16 de junio de 2011

La Biblioteca de Babel, fragmentos de un cuento de Borges


 (No es un cuento para niños. Puede resultaros algo difícil de entender. Pero si alguno se atreve y no se cansa de preguntar las palabras que no entienda, le valdrá la pena)

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

...La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa.

...El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

...un bibliotecario... observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.

...También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. ...Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

...No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción.

...Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

FIN